Óscar Arnulfo Romero: El santo de américa latina

La canonización de Monseñor Romero ha sido de gran regocijo para la feligresía latinoamericana

El día de ayer fue canonizado Óscar Arnulfo Romero, quien desde la fe y la institución de la iglesia católica defendió los derechos humanos, bajo el máximo mandamiento de amor legado de Jesús en la tierra.

La feligresía salvadoreña estuvo de vigilia a la espera del evento oficial

La canonización de Monseñor Romero ha sido de gran regocijo para la feligresía latinoamericana, su ejemplo de vida y sus acciones son ejemplo del deber ser cristiano.

Ha sido nombrado el santo de las víctimas de la violencia, su vida pastoral fue dedicada a este fin, y su muerte brutal se hacen cónsonas a la advocación.

James R. Brockman, su biógrafo dijo que el viaje espiritual de Romero tenía algunas de estas características: el amor a la Iglesia de Roma, demostrado por su lema episcopal, «sentir con la Iglesia», una frase que tomó de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio; una tendencia a hacer un examen de conciencia muy profundo; un énfasis en la piedad sincera; mortificación y penitencia a través de sus deberes; protección para su castidad ; dirección espiritual; «ser uno con la Iglesia encarnada en este pueblo que necesita la liberación»; entusiasmo por la oración contemplativa y encontrar a Dios en los demás; fidelidad a la voluntad de Dios ; ofrecimiento a Jesucristo.

La Plaza San Pedro fue el escenario del evento de canonización

El Papa Francisco, dijo que la beatificación de monseñor Romero «es motivo de gran alegría para los salvadoreños y para cuantos gozamos con el ejemplo de los mejores hijos de la Iglesia», en una carta dirigida al obispo de San Salvador, José Luis Escobar Alas.

Un extracto de la carta dice: «Monseñor Romero nos invita a la cordura y a la reflexión, al respeto a la vida y a la concordia. Es necesario renunciar a «la violencia de la espada, la del odio», y vivir «la violencia del amor, la que dejó a Cristo clavado en una cruz, la que se hace cada uno para vencer sus egoísmos y para que no haya desigualdades tan crueles entre nosotros». Él supo ver y experimentó en su propia carne «el egoísmo que se esconde en quienes no quieren ceder de lo suyo para que alcance a los demás». Y, con corazón de padre, se preocupó de «las

Monseñor Romero siempre estuvo del lado de los pobres y los oprimidos.

mayorías pobres», pidiendo a los poderosos que convirtiesen «las armas en hoces para el trabajo»».

Con amor le han llamado «San Romero de América», respondiendo a su legado de fe en acción. Romero siempre abogó por los pobres y por aquellos oprimidos en un periodo de la historia Salvadoreña lleno de violencia.

Un día previo a su martirio, ocurrido el 24 de marzo de 1980, en su homilía invitaba al abandono de la violencia, especialmente a los miembros del ejército salvadoreño.

«Yo quisiera hacer un llamamiento, de manera especial, a los hombres del ejército. Y en concreto a las bases de la Guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles… Hermanos, son de nuestro mismo pueblo. Matan a sus mismos hermanos campesinos. Y ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: «No matar». Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia, y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado. La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la Ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre. En nombre de Dios pues, y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: Cese la represión.»

Una imagen del Martirio de Monseñor Romero, el trágico derramamiento de su sangre no impidió la trascendencia de su apostolado.

Con esta homilía, parecía haber firmado su sentencia de muerte y sus últimas palabras al darse cuenta que en ese momento atentarian exitosamente contra su vida , según cuentan testigos el padre miró a los ojos a sus verdugos y les dijo «Un obispo puede morir, pero la iglesia de dios no morirá. Que mi sangre sea semilla de libertad».

Sus palabras fueron señaladas como proféticas, en todo caso fueron ciertas, también dijo a un periodista: «Debo decirle que, como cristiano, no creo en la muerte sin resurrección: si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño». Y así lo hizo.

A través de
Venezuelacomenta.com
Fuente
Reuters
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