Un recurso convertido en identidad.
El anuncio de nuevos acuerdos petroleros entre Donald Trump y Delcy Rodríguez ha reavivado uno de los debates más sensibles de la vida pública venezolana: la relación entre el petróleo, el Estado y la ciudadanía. La falta de transparencia y la ausencia de aprobación parlamentaria han generado un fuerte malestar en un país con un profundo sentido de propiedad sobre sus recursos naturales.
Un siglo de disputas.
Desde el descubrimiento de los primeros yacimientos, el petróleo ha marcado la política venezolana. La dictadura de Juan Vicente Gómez fue criticada por entregar concesiones a multinacionales sin proteger el interés nacional. Décadas después, gobiernos como el de Isaías Medina Angarita y Rómulo Betancourt impulsaron leyes que aumentaron regalías e impuestos, consolidando la idea de que el crudo debía servir al país.
La nacionalización de 1976, bajo Carlos Andrés Pérez, fue un hito que reforzó el consenso sobre la propiedad estatal del petróleo y convirtió a PDVSA en una de las empresas más poderosas de América Latina.
Del auge al declive.
En los años noventa, la Apertura Petrolera buscó atraer inversión extranjera, pero fue criticada como entreguista. Con la llegada de Hugo Chávez, PDVSA se politizó y se radicalizó el discurso nacionalista. Aunque el boom de precios generó ingresos extraordinarios, también alimentó la corrupción y aceleró el deterioro de la empresa.
El petróleo en la cultura.
Más allá de la economía, el crudo forma parte del imaginario venezolano. Obras como Sembrar el petróleo de Arturo Uslar Pietri o el seriado El día que se acabó el petróleo reflejan cómo este recurso se convirtió en símbolo de identidad y preocupación nacional.
Un debate vigente.
La idea de privatizar PDVSA sigue siendo una de las propuestas más difíciles de aceptar en el país. El petróleo no solo es riqueza: es parte de la historia, la política y la cultura de Venezuela.