Un proceso sin ciudadanía.
La llamada transición venezolana, impulsada bajo la tutela de Estados Unidos, avanza sin participación directa de la sociedad civil. El pueblo ha quedado al margen de un proceso que debería ser transparente y con auditoría ciudadana.
Del mito revolucionario al colapso.
Desde el triunfo de Hugo Chávez en 1998, el chavismo se presentó como una revolución para los pobres. Sin embargo, el proyecto derivó en corrupción, represión y alianzas con el crimen organizado. La bonanza petrolera fue saqueada y el Estado quedó debilitado.
La derrota electoral de 2024, que reveló el triunfo de Edmundo González Urrutia gracias al movimiento ciudadano 600K, fue desconocida por el oficialismo. La captura de Nicolás Maduro y Cilia Flores en enero de 2025 marcó el derrumbe súbito de la revolución.
El giro hacia Washington.
Tras la caída de Maduro, los líderes chavistas pasaron de un discurso antiimperialista a aceptar con docilidad el tutelaje estadounidense. Hoy, bajo la influencia de Donald Trump, el chavismo busca legitimarse en un nuevo escenario político, mientras persisten la opacidad en la gestión petrolera y la existencia de 368 presos políticos.
La oposición fragmentada.
La exclusión de María Corina Machado del proceso de negociación refleja la falta de consenso opositor. Washington reconoce a la Asamblea Nacional de 2015 como interlocutor, lo que limita la representación de la voluntad popular expresada en las elecciones de 2024.
Un futuro incierto.
Mientras el chavismo aprovecha el tiempo como arma política y la sociedad civil permanece fuera de las decisiones, la democracia en Venezuela sigue siendo un espejismo. Sin participación ciudadana y sin garantías claras, el cambio real aún parece lejano.